EL PERRO AGUAYO NUNCA PUDO CUMPLIRLE ESTO A SU HIJO Por: Leobardo Magadán

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A veces los luchadores se sienten tan fuertes y afortunados que no piensan que, algún día, el dinero faltará. Es cuando viene la tragedia.

Pedro Aguayo Damián tiene una historia única, irrepetible. Debuta en 1968 pero empieza a brillar en la década de los setentas, cuando nace la rivalidad con uno de los primeros alumnos del dojo de la New Japan. Por su corta estatura le llamaban El Pequeño Hamada, pero era un estuche de monerías porque dominaba el karate, el jiu-jitsu y la lucha olímpica. El 4 de noviembre de 1979, en El Toreo, el nipón se convierte en el campeón semicompleto UWA tras vencer a Ray Mendoza.

El Can de Nochistlán lo encara, lo reta por el campeonato y se lo arrebata el 25 de mayo de 1980. En abril del 82, Hamada se desquita y lo destrona, pero ahora del semicompleto de la WWF. Era un cuento de nunca acabar entre estos dos porque en agosto de ese mismo año, el ídolo de Zacatecas despoja al japonés de ese cetro.

El gladiador mexicano se había preparado con “El Diablo” Velasco. Sus luchas eran una cátedra. A Hamada le ponía unas palizas que Dios guarde la hora. Sin embargo, en una combate, en un parpadear, se descuida y Gran Hamada lo lesiona. De inmediato lo trasladan al hospital. El diagnóstico es pesimista. No volvería a caminar.

Aguayo se había pasado todos esos años juntando para una casa, la de la esquina. Todos los días, de la mano de su hijo, El Perrito Aguayo, le decía que ese inmueble sería suyo. Costaba un millón de pesos. Con lo que iba a ganar en su último combate la podría comprar. El destino cambió. Seis meses en el hospital, más el gasto de medicinas y tratamientos hicieron que el jugoso ahorro se esfumara. El Perro Aguayo y su junior -que sería más famoso todavía- llorarían por esa mala jugada de la vida.

             El Perro Aguayo y su hijo

 

 

 

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